sábado, 18 de mayo de 2013
Un encuentro parisino.
Allí estaba ella, subida en lo más alto de la Torre Eiffel, mirando aquel paisaje tan maravilloso, con la puesta de sol a su espalda. Estaba rodeada de gente, pero se sentía sola. Veía todas aquellas personas, sonriendo, felices, acompañadas de alguien con quien disfrutar de ese maravilloso momento. En cambio ella estaba sola. De repente, se advirtió de un joven que la miraba. Ella lo observó de reojo. Aparentemente, también estaba solo. Cuando fue a mirarlo de frente, él había desaparecido. Su cara se tornó algo triste, pero ¿por qué? No conocía a ese hombre, y jamás lo había visto. Un minuto después, notó una mano tocando su espalda. Se giró. Era ese joven. A ambos se les dibujó una sonrisa en sus rostros, en cierto modo en forma de saludo, pero también como símbolo de alegría. No sabían por qué, pero ambos sentían algo que no habían sentido nunca en sus vidas. Era como si por fin, en medio de la soledad rodeada de personas, ambos hubiesen encontrado a esa persona que la entendiera, esa persona que sabía cómo se sentía con solo una mirada, esa persona con quien compartir aquel instante. Y entonces, sin más diligencia, y sin decir nada, se cogieron de la mano, mientras observaban aquel hermoso paisaje. No importa cuánto durara aquello, lo que importaba era cómo se sentían cada uno. Y ambos se sentían mejor de lo que se habían sentido en toda sus vidas.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario