Una fría noche, una canción, una foto y un hilo infinito de recuerdos.
Una chica haciendo chirriar sus dientes, y no sabe si es por el frío
que hace,
o por el frío que le dejó su marcha.
Un espejo, una lágrima y unos ojos que no reconoce como suyos.
Nada es igual.
Y todo es igual que siempre.
Es esa chica que prefiere construir el muro, antes de que otros lo construyan
por ella.
Sin ni siquiera saber si van a construirlo.
Es esa chica que va con paraguas, pero que de nada le sirve porque al
final la tormenta siempre le cae encima.
Es esa chica que va mirando al suelo, pero que termina tropezando con
la misma piedra.
Una y otra vez.
Siempre ha querido ser alguien mejor, pero siendo ella.
A veces, quería ser alguien peor, sin sentimientos, sin que nada le importase.
Otras, no quería ser nadie, simplemente aire. Sentirse libre
sobrevolando el cielo.
Viendo a todas aquellas personas en la tierra cometiendo actos atroces,
o viendo lo más bonito que existe:
la sonrisa de alguien, provocada por otro alguien, el abrazo de dos
amigos. La reconciliación de unos padres. La ingenuidad de un niño.
No se reconoce.
No se conoce.
Nadie lo hace.
Es esa chica masoquista que parece que lo que a veces busca es hacerse
daño,
porque así, al menos, no se lo harán otros.
Es esa chica que quiere huir de todo.
Y de todos.
Huir de la ignorancia, de la tristeza, de la dependencia, de la
predestinación, del engaño, de la ira.
Huir.
De ella misma.
Cierra los ojos.
Intenta dormir.
Es su momento favorito del día, porque así al menos se aleja durante
unas horas de la realidad.
Y cae en un sueño.
Y sueña.
Algo ininteligible.
Y despierta. Otra vez a intentar sobrevivir.
Otra vez vuelta a empezar.
Cada vez que lo leo me gusta más
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